Crónica de un viaje sin planificar: Una vuelta por África

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Burkina Faso

Monta pitufín, hoy iremos a donde nosotros queramos

Uagadugu, 21.05.2004

 
Seguro que recordáis el thriller que hizo famoso a Michael Jackson. La típica película de terror en la que salen zombis por todas partes y el protagonista no tiene dónde meterse. Cuesta un poco meterse en la piel del protagonista; sensación chunga, eh? Pues a mí me ha pasado. Me pasó hace una semana en Bamako y menos mal que hoy, en Uagadugu, me ha pillado con experiencia y he salido mejor parado, que por poco repito el espectáculo.
  (Madonna con niño siempre es uno de mis temas favoritos.)
  El viernes pasado volvía al mediodía distraídamente desde el ciber-café a la misión católica donde me había hospedado. Como llevaba varios días recorriéndome esa calle, en un alarde de autoconfianza, iba con el GPS apagado y todo.      
  Entré por la calle de siempre y al inicio me dijo un tipo: "no se puede pasar por esa calle; que está cortado". ("Tú sí que estas cortado", pensé). Era la calle por la que pasaba todos los días; a estos africanos vacilones, como les dejes tomarte el pelo, te vuelven majara.      
 

Cuando iba por más de la mitad de la calle me di cuenta de que por todas las orillas estaba abarrotado de gente quieta. Mucha, mucha gente; todos como esperando... y según me estaba dando el mosqueo... sonó una voz por el megáfono de alguna mezquita y se levantaron todos de golpe, en silencio, como en una película de miedo. Y Jon, pues sí... dando la nota en todo el medio.

     
 

Como el final de la calle estaba más cerca que el comienzo, fui a todo correr de puntillas; como cuando uno se hace el hombre invisible, hacia aquella salida a la avenida grande. Mientras tanto, toda la calle me ignoraba y se pusieron de rodillas y doblados hacia alante.

     
 

Según llegué a la avenida... Horror... una extensión de milles... millones de zombis esperándome allí, se levantaron todos a una, contemplándome en silencio mientras la voz de la mezquita decía: "Allahu akbar (Dios es el más grande)", pero a mí me pareció que decía: "Saquen a ese tubabu de ahí en medio!!".

     
 

En aquel momento se me pasó por la cabeza el tratar de disimularme entre los oradores, yo también "Allahu akbar"; pero me pareció lo bastante insensato como para abandonar el plan y decidirme por el plan "B" (o es que en alguna película de miedo habéis visto que el protagonista se haga el orejas, disimulándose entre los zombis y se vaya de rositas?).

     
 

El plan "B" se podría denominar técnicamente "táctica del conejo asustado": Me dirigí con decisión, atravesando varias legiones de oradores, hacia una esquinita en la que había un puesto callejero de ropa. Me parapeté entre las vestimentas junto a las vendedoras, que me dijeron "anda Tubabu, siéntate aquí (vaya fenómeno, el tubabu éste)".

     
  De haberlo sabido con antelación podría haber estudiado la composición desde algún sitio con tiempo y hacer una foto formidable. Pero bien pensado, habría sido mejor foto aún la del tubabu tratando de buscar parapeto entre las líneas de rezantes.      
     
En lugar de llegar directamente a Uagadugu, capital de Burkina Faso, después de un día completo de autobús y por no llegar de madrugada, paré en Bobo-Diulasso.
Solo he estado una vez en Bobo Diulasso pero a partir de ahora llevo recordatorio. Con indisimulada satisfacción y un diente de oro brillándole como al mismísimo Pedro Navaja, el mozo de la compañía de autobús escribió para siempre en mi mochila, bien grande y con rotulador permanente: "Bobo".  
   
  Por lo demás, Bobo era un sitio agradable y con muchos sitios donde meterse: puestillos, callejuelas, barrios de barro y piedra, un mercado vivo, estas mezquitas de barro africanas, niños.      
         
 
Los mismos negros que regentaban el café de la última foto habían decorado el toldo con una exvástica mal dibujada. Visto está que en todas partes hay gente que no se entera mucho (léase el ejemplo del tubabu correteando entre zombis).
 Y la niña de esta foto me descubrió por fin, una forma estable y segura de llevar el caldero en la cabeza.  
         
  Uagadugu es una ciudad grande como otra cualquiera, mi estancia allá no tuvo más misterio ni motivo que sacar visados para siguientes países pero en el sitio menos pensado, siempre se te puede aparecer una plácida foto.  
         
Cambiando abruptamente de tema: Uno de aquellos belgas con los que coincidí en Mali me contó que un tío suyo hizo como aquel gallego que salió un momento a por tabaco; unas semanas más tarde en su casa recibieron una postal de cierto país que entonces se llamaba Alto Volta (teniendo como modelo el manual del tal gallego, una sencilla postal ya es algo). El belga me encargó que, si me venía bien pasar por ahí, le mandaría alguna foto o le contaría lo que se conociera ahí de su tío. Sí que fui; nunca se sabe. Aunque por poco más desisto de encontrar la aldea -y de conseguir llegar-, era un sitio muy pequeño y apartado.

 

 
(Os habéis fijado en mi amigo, el gasolinero?)

 

 

 

 

 
         

Decía que Tabou es un sitio muy pequeño donde, en tiempo anterior a las lluvias, todos descansan plácidamente. Obsérvense los dos casos:

 
Me dijo Edu, el belga, que su tío pasó, antes de morirse, un par de años ayudando a gente como un enfermero o algo así. Que luego se puso enfermo y volvió a Bélgica, solo para que le dijeran que no tenía solución. Y decidió volver a esa aldea para morir allí.  
 

Al llegar, fui a casa del médico, que era como otro pequeño pegote cutre en el hospital: Más o menos les dije que venía a hacer esa visita porque conocía algo a la familia del belga (suena más íntimo de lo que realmente es, pero no era trola). El médico y su mujer eran majísimos, como no había nada parecido a un hotel en ese pueblecito, lo que más les preocupaba era que no tuviera un sitio más confortable que en el que quedarme que su casa -de hecho, fue mejor que cualquier sitio en el último mes-.

     
         
  El médico conocía del belga pero no sabía que su tumba estaba allí, a cien metros del hospital. Después de veinte años esa tumba estaba un poco perdida ya.      
  Alguien que había trabajado directamente con el belga sabía dónde estaba y fuimos allá. En la última temporada de lluvias se había caído medio árbol sobre la tumba y estaba un poco inaccesible, el médico se apuraba un poco porque me encontrara la tumba en esa condición y, ya que pensaba hacer alguna foto, pidió a todo correr ayuda para dejarla presentable.
 
Esta historia del belga que desaparece a por tabaco de esa forma me sonaba un poco a historia de tipo desubicado que no sabe dónde meterse y le da un punto de esos; parecido a si os cuentan que cualquier desequilibrado se va durante una temporada larga por África de viaje sin planificar.  
Sin embargo su epitafio me hizo cambiar de idea; no era espectacular pero me impresionó un poco. Decía resumidamente el epitafio: Aquí reposa Dr. Albert De Bruyckere, fundador de la IMO-Bélgica, promotor de los proyectos Tabou y Outoulou, nacido en 1917, muerto en Tabou en 1983, antiguo combatiente 1940-1945.
En el epitafio se suelen ver cosas de las que la persona se ha sentido orgullosa; el resumen de una vida en una frase. Me llamó la atención que, aparte de la ayuda que había prestado en África, la única cosa más con que le retrataba su tumba era que fue antiguo combatiente de la Segunda Guerra Mundial. Se tragó desde la ocupación del Benelux hasta la derrota nazi en el 45.
Más que un enfermero despistado resultó que era un médico que no se sintió para jubilar con 64 años (echándole las cuentas); se inventó una organización para conseguir fondos y sencillamente fue a montar hospitales en un par de aldeas donde iban a ser muy útiles.
En la sala de camas de aquel hospital-dispensario, el día que lo vi yo solamente había, con su madre, un bebé de meses muy malito de malaria, casi inconsciente, sin llorar ni quejarse ni moverse; el bebé enchufado a un gotero para meterle quinina por vena.    
Me pareció tan de mal gusto hacer una foto de aquello que, aunque no me pusieran ningún impedimento, no quise ser tan macarra. Pero haceos a la idea de que era una imagen muy triste, aquella madonna con niño moribundo en aquel barracón horrible.
  Sí que tomé alguna foto de la ambulancia con que contaban en el sitio: Lo digo totalmente en serio, todavía no he visto con mis ojos ninguna Harley transformada que se pudiera medir dignamente con esa modificación de un ciclomotor yamaha 49cc.    
Ese sitio era demasiado pequeño como para realizar operaciones y en ese caso, los enfermos tenían que evacuarse al hospital de Leo (con quirófano), a unos 30 Km por una pista de tierra. Además, en las aldeas africanas, cuando la gente tiene problemas de cualquier tipo, primero acuden a los marabús, chamanes curanderos tradicionales que les ayuden a alejar los malos espíritus. Y también resulta que les da palo ir a molestar al médico, así que suelen llegar al hospital cuando están ya para morirse y todo es urgencia. El médico añadió varias historias espeluznantes a toda la biblioteca que he ido recogiendo por muchos sitios.
Hacía unas semanas le había llegado una mujer con una peritonitis avanzada, quizá le quedaban escasas horas o igual ya era demasiado tarde. Me contó cómo había conseguido evacuarle en la ciclomotor-ambulancia al hospital de Leo.    
Pasado el tiempo, te lo cuenta hinchado de satisfacción, con cara de velocidad cortando el viento, cómo se porta esa moto! Los treinta Km hasta Leo en una hora y cinco minutos. Lo convierte en algo personal; conseguirlo o fracasar; derrota o victoria.
Ahora que, durante el trayecto por aquella pista, haciendo equilibrios con una persona muriéndose detrás, me puedo imaginar que al médico le cabría el estómago en un dedal. No apto para gente sin vocación. Eso sí es trabajar por objetivos.
  Ahora me hago cargo mucho más de lo que hizo ese belga. En solamente dos años que estuvo montó en esa aldea y en otra más, un primer hospital -muy básico y africano, pero es mucho más que nada- y lo puso a funcionar con energía solar, refrigeradores de butano para las medicinas; todo tirando de fondos que solicitaba con la fundación que se inventó. No perdió tiempo.      
  La de médico es, como también la de maestro, una de esas profesiones que admiro porque son profesiones de vocación. Uno se mete mejor en la piel de un médico si tiene ocasión de ver un hospital de pueblo en África.      
 

Tendría los años de jubilarse pero al fin y al cabo, él seguía siendo médico; a ver quién le dice al viejo que se retire. Quizá por eso se esfumó sin avisar.

     
 Si su compromiso y su satisfacción estaban allí, quizá también por eso decidió volver a morir a ese sitio.
 

Una vocación, la del doctor combatiente.

     
         

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